No recuerdo un sólo domingo de los últimos siete años. Los pasé en estado letárgico, sobrevolando  los bares, montada en mi unicornio.
Si hago un esfuerzo puedo oír de fondo algún que otro hit del verano con su pésima rima métrica y su taladrante melodía. Nada más.
Y creo que lo prefiero.
Una manta, una estufa, papel, tabaco y un par de porros. Supervivencia dominical.
Soy una desertora de la borrachera descomunal y yo elijo como quiero pasar mis no-resacas; arrastrando mi purificada aura como si hubiera arrasado con todo el vodka de la ciudad y paseado mi culo a ritmo de reggaeton por todos los locales nocturnos.
Es un pequeño homenaje a esos agujeros negros en mi memoria, a la infinidad de veces que habré hecho el ridículo imitando a Beyoncé en la pista, vomitando en los portales o quedándome dormida en el suelo del baño.

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Desde que aparqué el unicornio y dejé la purpurina tengo tantos recuerdos que no se si habrá espacio suficiente en mi mente para retenerlos. Tengo la dignidad intacta, una extraña sensación de orgullo recién estrenada y siento crecer en el pecho un profundo asco a todo aquel que haga todo aquello de lo que yo me arrepiento.
Todo empieza por asco.
Si el amor es la fuerza que todo lo mueve, el asco es el arma que todo lo crea y si quieres entenderlo, tendrás que seguir leyendo.

Valentina Maleza

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