Soy muy bonita. Más que la mayoría, según mi madre; más que ninguna, según mi abuela y del montón tirando para arriba según mi hermana, que le cuesta un piropo la misma vida y de las guapas es ella la que más.
Soy bonita, como todas.

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Soy de las que sale de casa sin intención de comerse el mundo, sólo con un saquito de ilusión parvularia y varias capas de paciencia infinita, sabiendo que todo llega, que se trata, sobre todo, de abrir bien los ojos, de estar atenta a los cambios y de practicar ése egoísmo suave y traslúcido que separa la lealtad y el compromiso del más puro y opaco egocentrismo.
Soy bonita cuando río y cuando lloro, siendo en cada momento tan real, coherente y oportuna como frágil, transparente e incontrolable.
Soy bonita porque sí, porque soy, que ya es mucho.
Es bonita la que enamora por lo que calla, la que mira fijamente y se ahorra el discurso, la que se sabe especial, la que se guarda un as en la manga y nunca lo saca.
Soy bonita porque soy de verdad … Y las cosas son bonitas porque son como son.

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