Podríamos hablar del tiempo y llenar el silencio, sólo por romperlo, por ponerle sonido a éste encuentro y que las miradas dejen de echarse de menos y hagan el resto.

Puedo perdonar pero no olvido que he conocido el drama en todas sus formas, que he llorado en todos los idiomas y he vuelto a reír después, como si nada, como si pudieras volver a ser quien eras y borrar tu aroma en otras camas.

Quiero olvidar pero no puedo, ni quiero, ahogar mi dignidad en promesas que no van a cumplirse, ni por asomo.

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Te conozco como la palma de mi mano, la misma que bajaba por tu espalda de Judas Iscariote aquellas noches, recuerdas?
Podría algún día olvidar, pero me niego.
Quiero un cerebro sano que no pueda caminar a mi lado sin cogerme de la mano, quiero mis besos de buenos días, cambiar las sábanas, ser tu talón de Aquiles, subir de cientos a miles los versos, hacer las paces, recuperar el peso que perdí en plena guerra de egos y volver a reír, como si nada…
Sería perfecto pero es sólo una ilusión parvularia que nos llevaría, sin remedio, al punto de partida, cuando dejé de parecerte divertida y me cambiaste por cerveza.
Ni perdono ni olvido que me hayas vendido y caiga en mis hombros el peso de las excusas que inventaste en tu última huida hacia delante, que no te llevó a ninguna parte, más que al mismo portal de siempre; el mío.

Una vez me quisiste como se quiere en los libros y casi comemos perdices. Podrías volver a leerlo y buscar un método, un antídoto a la ironía, un clavo ardiendo al que podamos agarrarnos para salvar lo que no queda.

Soy de las que suben a la noria por estar lejos del suelo, por sentirse a medio camino del cielo, ya lo sabes.
Podrías hacer tantas cosas y no haces nada más que meter el dedo en la llaga y salir corriendo.

Valentina Maleza

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