Paró la música y me quedé sin silla.
Hoy, desde aquella muralla china con francotiradores apuntando a mi intuición femenina, me declaro un corazón insolvente.
Aquí dejo el arco con casi todas las flechas.

Renuncio también a mis privilegios de ser tu talón de Aquiles,  abdico de mis funciones como amante intermitente y me voy sin romper ningún espejo, sin malgastar un sólo minuto más de mi tiempo en pedir, hasta en coreano, más peras al olmo.
Me despertaste y ahora soy un murciélago sin farola.

Todo terminaba en puntos suspensivos en una duda constante, un problema de identidad delirante que se colaba de cama en cama.
Estoy buscándome y sé que tengo que estar por aquí cerca.
Hubo un antes y un después de aquella tarde y habrá un a continuación del desastre.

El cenicero hasta arriba, mi reflejo en una tapa de yogur recién lamida, la taza que alguien me regaló cuando sus neuronas seguían activas y un teléfono al que no llamar en caso de urgencia.
Vuelvo siempre, por inercia, a pedirle a Robin que haga de Batman, a esperar que se cumplan promesas que no valen nada, como dirían Los Piratas en una canción que tomé prestada cuando lo que más me apetecia era salir a la calle armada.

Paró la música y me quedé sin silla pero donde hubo acordes siempre sonará la misma maldita melodía.

Valentina Maleza

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