Entre costillas convexas anidan todas las libélulas.
Si has oído alguna vez el sonido de un corazón al romperse, sabrás que es una sensación muy parecida a la muerte y con la voz de siempre y las manos frías,  casi preferirías cerrar los ojos y encontrar cualquier salida por trágica que parezca.
Te enamoraste del miedo a perderle.

El amor es un mal truco, una broma pesada cínicamente ideada para hacer del soñador una especie extinguida, un desertor convencido de utópicas premisas inocentemente adquiridas cuando quererse era coger muy fuerte su mano y no poder soltarla.
No puedo aún soltarla.

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Ya no se cuentan historias reales, sólo acuerdos temporales con sirenas con piernas de neón porque, sonando Vetusta Morla, encuentras tu metáfora preferida entre medias verdades. 
El amor llega para arrasar con todo y salir por donde ha entrado.

Dejar de creer en los finales felices te ahorra cientos de cicatrices, una larga lista de intentos fallidos, renunciar a  varios de tus principios, dos o tres mares de lágrimas, quemar todas sus fotos, saberte perdida y olvidar buscarte, hacer las maletas, no saber si gritar o dejar que pase, un amago de infarto, un gato arañando tu estómago todo el rato…

Entre costillas convexas crece impertinente la necesidad de ensanchar el alma con relatos de sábanas nuevas, de besos recién estrenados, miradas esquivas… dejar salir las libélulas que anidan entre convexas costillas.

Valentina Maleza

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