Como el rítmico goteo que marcaba el tiempo en una cueva con vistas al mar una noche de verano, suenan mis arterias bombeando un corazón mediocre que ni aprende ni se atreve a dar consejos .

Un día descubres que el destino parte de dentro a fuera  y sales al mundo con la tímida sonrisa de quien se sabe hoja arrastrada por el viento y está dispuesto a dejarse sorprender y, aunque la vida no tenga sentido, ser ellos mismos el latido que impulsa ésas ganas locas de estar en todas partes buscando motivos para volver.

Será que nos seduce lo imposible, que nunca lo es del todo y por eso, aún queriendonos como el perro y el gato, ya sabes, poco y a ratos,
aquí estamos tu y yo otra vez en un acto suicida, mucho más torpes que de costumbre.
Si nos perdemos de vista, la duda nos come como se comen los cuerpos los gusanos y cuando por rebeldía nos juntamos, arde Troya y lo nuestro es como intentar bañar al gato, un mal rato, una odisea, un dolor de muelas insoportable, tan adorable y contradictorio que nos une y nos separa y terminará por rompernos.

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Terminará, nos rompa o nos mantenga a salvo, porque ésta enfermedad que nunca fue eterna, por frágil e inocente que se presente el corazón que la enfrente, sólo necesita una buena excusa para volver por donde ha entrado y cambiar caricias por zarpazos.

De los manejos felinos que aprendí entre los arbustos, me llevo una lección de vida, mi cara de arpía y un saco de huesos, que antes fue un cuerpo sano y ahora está a medio camino entre ser y dejar de ser humano.

Valentina Maleza

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