Escribo por no estallar en mil pedazos.
¿Sabes cuantos botes de mercromina se necesitan para curar un ventrículo izquierdo?

Escribo por la misma necesidad por la que respiro haciendo de cada suspiro una sutil porción de universo que por un instante es sólo mía y en su regreso al mundo lleva en ella algo de mí y en silencio lo comparte.

Desde que no duermes conmigo, hay un gato negro en el pasillo y un enjambre en el colchón. Desde que asaltas cunas, paso las noches despierta buscando excusas para no romperme del todo y, ni a grandes trazos, cuento aquello que mastico y trago por no incendiar el bosque que rodea el lago en el que ahogaste mi sonrisa aquella noche.
Escribo por no llorar y no siempre lo consigo.
El fin del mundo también está en mi cabeza; ¿acaso no has visto murciélagos desorientados salir de mis orejas?

Si desprendo nostalgia, será cuestión de tiempo, o cosa de magia, hasta que sienta firme el suelo bajo mis pies de plomo.
De momento, voy dejando que los libros me devoren, que salga lo malo y entre nuevo y lo bueno, si aparece, tal vez me lleve a bailar un tango con el enemigo, siendo yo el único testigo de algo tan parecido al holocausto.

Estoy entre la risa y la vehemencia y no me decido.
Escribo por no saber dibujar ni tengo otra habilidad más que la de rimar de vez en cuando, cantar en la ducha, liar cigarros, hacer pompas con un chicle que se deshace al masticarlo…
Escribo por gusto y por costumbre, evitando que se derrumben castillos de arena en días de viento.

Valentina Maleza

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