No aprendí a caer con dignidad pero me he dado la oportunidad de volver a intentarlo.
Paso del nihilismo a la obsesión en lo que dura un telediario, no metí la cabeza en el horno de milagro y cogí un tren sin preguntar de donde venía porque poco me importaba estar aquí o en un país inventado, sólo para mí, que oliera a recién estrenado.
La enfermedad de las mujeres que aman demasiado.

No sé qué intento aparentar si sé que, a pesar de los pesares, te querré hasta que se sequen los mares y así una sarta de patéticas cursilerías. Tú lo sabías.
Desde que sé de mis vértigos no me acerco a las cornisas.
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Perdí hasta la vergüenza.
Quise hacer de mi experiencia un ejemplo a no seguir, alguien a quien no admirar, una muestra más de los efectos secundarios de la insensatez temprana.

Ya he confesado todos mis pecados, le puse al karma la otra mejilla sin quejarme y aún curo heridas que de vez en cuando se abren.
Soy más intensa que la mayoría y eso no me hace más lista, sino más flaca.
Apenas 50 kg me sostienen.
Quería algo, no sabía muy bien qué; afecto creo que era, o hierba o un café. Ahora puedo contar las costillas que se marcan a través de la camiseta, me ato bien los cinturones para no perder los pantalones y éstos brazos, que parecen dos ramas secas, abrazan igual o más fuerte que los vuestros, todos mis secretos.
Estoy al borde de ser borde y me contengo.

Valentina Maleza

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