Me hago responsable de los daños causados en el último terremoto pues, ya ves, es posible que aún siendo inocente, de momento, sea yo también a la vez culpable de antemano de todo lo que sé que soy capaz de hacer.
Recuerdo haber salido descalza a buscarte; en una barra, debajo de alguna falda, haciendo el ridículo, como siempre, más indiferente, mucho menos inteligente… Casi un animal.
Lo recuerdo y no me parece real.
Prometo no volver a temblar así al verte.
Con las manos en los bolsillos, pasaré silbando, indiferente; como si no tuviera el corazón entre los dientes, me haré la valiente hasta que sea verdad.
Mi único aval es un hastío decisivo, una tozudez enfermiza, dos dedos meñiques que se entrelazaron, una copa manchada de pintalabios, un fino sentido del humor y todo un ejército de inconformistas a mi alrededor.
Se fueron unos y llegaron otros, vehementes.
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Ya no le escribo a él. Ahora acaricio las palabras y las trato bien.
Aveces, hasta me dejo querer aunque despacio y de lejos.

Si tu supieras de donde llegaron las libélulas que vienen a mi brazo a descansar…

Es normal que no entiendas una sola palabra de lo que susurro al sauce que llora en el patio.
A estas alturas ya sé a qué ritmo te mueves, a que saben tus secretos, a qué huele tu cuello al despertar y en quien te conviertes cuando eres instinto y quieres lo que sólo yo te podría dar y si se diera…
He descubierto que cuanto menos de mi ofrezco, más obstinado vuelves y te revelas.
Sólo cuando suceda que tú y yo encontremos la manera de lamernos los sesos, casi literalmente, cuando esa respiración intermitente no nos deje hablar, cuando ya no pueda más y quiera faltarte al respeto, invadir tu cuerpo y entrar en tu mente, ser serpiente, bajar a buscarte, descalza…
Cuando eso pase sabrás lo que susurro al sauce que llora en el patio.
Me hago responsable de los daños causados en el último terremoto pero no puedo prometer que no vaya a volver a abrirse el suelo de un momento a otro.

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