La primero que vi al entrar en la habitación fué la mancha que decora la pared que se ve al otro lado de la ventana.La luz amarillenta de la farola define, uniendo las sombras, un rostro de mujer, a lo francés, muy bien peinada. Ojos enormes, nariz pequeña y afilada y una boca de piñón con las comisuras perfectamente dibujadas sobre la pared desconchada.

Ligeramente de perfil, observa con su catalejo, ensimismada, todo cuanto sucede en esa casa que, abierta de arriba abajo en sus entrañas, saluda al sol de Marruecos desde la azotea, guarda secretos tras los muros que levantan y sostienen las estancias y sólo un rostro que el tiempo dibujó en una pared encalada, observa y no pierde detalle de todo cuanto acontece, se habla y se calla también, a través de ésa ventana, en la habitación más bonita, de la casa con los habitantes de procedencia más variopinta, en el callejón más estrecho de la ciudad más olvidada.

Aquí se agudiza el oído y se pierde el habla.

Aquí una parte de mi se siente como en casa y la otra nada a contracorriente, con una duda siempre en la frente, el corazón encogido, ahora un suspiro, ahora aprieta fuerte los dientes…

Aquí todos los días son diferentes.

Las tardes de niebla son más que frecuentes tras una mañana calurosa y, en un abrir y cerrar de ojos, es otro mundo éste, aquí, tras la muralla. Hasta el clima improvisa en la ciudad del viento.

Cuando menos lo esperas, una tormenta llega y se queda y mañana será otro día.

Desde el primer relámpago hasta la última gota del agua que moja la ropa que cuelga de un cordel en la azotea, truena el cielo y moja la tierra que todos pisamos.

Una historia se forja al sol de Marruecos. La brisa borra deprisa los recuerdos, el mar curte la piel y ablanda los huesos que, a peso, venderé.

Aquí todos los primeros días de mi vida podrían juntarse y hacer una vida entera. Nueva. Para quien la quiera.

Así, de todos los pájaros que tengo en la cabeza, dejar mi país y venirme aquí, fue la mejor de las ideas.

Me prometí disfrutar de la experiencia, que no dejaría escapar una sola anécdota, que dejaría fluir todo lo que surgiera, por aquello de ser quien yo quiera y , de ésa manera, vivir la vida tan intensa como se presenta. 

Ahora suena un rezo que hace temblar la copa en la mesa y todos callan.

Ahora vendo cada hueso de mi cuerpo, a peso.

Los dientes y la piel también. A granel.

El resto es arena mojada y vino caliente. Lo de siempre.

Aquí dejo el arco, la última flecha, los ojos, la frente, un lunar y la tirita que usé cuando reparé mi ventrículo izquierdo.

Hay algo importante que quiero encontrar y no puedo cargar con todo ese peso.

Si es sólo un cuerpo y lo usaré un ratito, nada más…

Antes de que anochezca, dejaré el hígado y los pulmones en una cesta que no llevaré conmigo.

 

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