No puedo pasarme la vida entera llorando por tí.

En algún momento tendré que olvidarte o fingir que es así, que ya no echo de menos que me despiertes a besos cuando vuelves de tus paseos por el puerto, al alba… 

Que ya no me flagelo, casi literalmente, por haberte dejado ir…

 Que ahora soy de piedra y me importa una mierda a qué cinturas se ciñan tus manos,
de quien hablen tus canciones, ahora que hay un océano entre tus talentos y mis manías…

Ahora que ni tú ni yo somos ya la sombra de lo que fuimos…

Encontramos el norte y lo perdimos en menos de lo que tarda en consumirse mi cigarro cuando fumo, nerviosa, calculando los metros que me separan de la tragedia.

Tendré que inventar una excusa para ordenar las letras y que no falte en tu nombre ninguna de ellas.

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