Al subir a la terraza, el viento me despeinó, todo a mi alrededor desaparecía y me sentí cual bucanero sin tripulación, salpicada la cara de agua salada y el pelo revuelto, como se revolvería mi vida años después.

Pero, por entonces, yo no podía saberlo. Mi suerte era un secreto que el destino guardaría como oro en paño y la única pista que me ofrecía fué aquella sensación de libertad pirata, un hormigueo en la barriga y dos lágrimas que solas caían surcando mis mejillas , sabiendo que en tres o cuatro días, la magia terminaría y amanecería de nuevo en mi oscuro piso, en un barrio gris de la gris ciudad en la que nací y que, sin encanto alguno, me tenía presa.

Y ahora estoy aquí, desaprendiendo a una velocidad que asusta, empezando de cero, creando lazos que me unan a ésta tierra, siendo cada día un poco mejor, un poco más ligera…

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