Son muchos años de amor incondicional, siempre en la distancia y sin molestar.

No puedo embotellar tu recuerdo y lo que siento, encajarle bien el corcho y lanzar toda esa mierda al mar. Porque eras parte de mi vida, eras mi familia…     Y lo rompiste, y no puedo cambiarlo y por más que me empeñe, joder… como  duele! No soy capaz de disimular. 

Ha vuelto mi nube negra. 

 Echo de menos cuando eras la persona a la que llamaba cuando me sentía así, y, hora que te tengo aquí, me encuentro escribiendo un mensaje eterno que a nadie le importa.

Echo de menos que alguien entienda mis locuras como las entendías tu. Te encantaban porque reconocias estar aún más loco que yo, por aquel entonces.

No tenía que explicarte nada porque íntuias mis tormentas antes de que llegaran.

Y ahora escribo sabiendo que hace tiempo que aún teniéndome en frente, no me puedes ver. Y no lo vas a entender, pero es que desapareciste y no pude despedirme y has dejado un vacío que no sé cómo hacen los demás para volver a llenar.

Como yo sí soy honesta conmigo misma y tengo este exagerado sentido de la lealtad, te envío un mensaje larguísimo que vas a volver a borrar. Como todos los demás.

Quiero darle a esta historia un final que no estropee tan influyente trama.

Quiero guardar el amor incondicional dentro de mí, como si fuera un tesoro, hasta que encuentre a quién entregarlo. No quiero convertirlo en un rencor que no puede compartirse.

Quiero perdonar y dejar que el tiempo lo ponga todo en su sitio.

Quiero ver con qué me compensará la vida por sentir algo tan bonito.

Yo soy una pesada que hoy está inspirada y ha decidido que no va a volver a doblarse.

Me vas a tener que perdonar el drama pero necesitaba soldar las fisuras por donde se escapa mi dignidad y con este mensaje, en parte para desahogarme o para no explotar, he elegido escribir porque siempre es mejor que pelear.

Y escribiendo, escribiendo, me he dado cuenta de que el mismo amor que nos unía es el que hoy nos separa. Que toda esa rabia es el amor, que desorientado, busca a quién culpar de su pérdida.

Supongo que por eso escribo aunque nadie lo lea; llego a grandes conclusiones y me acerco a la verdad, de puntillas, sin asustarla. Así, dejando que las letras me dicten a mí, es más fácil atraparla.

Nada que suceda por amor merece un final desolador, así que voy a escribir otro. Y no sé muy bien por donde empezar, pero solo yo puedo decidir el final para el papel que interpretabas en mi película.

Como necesito tener la conciencia tranquila y poder hablarles de ti a mis nietos con una sonrisa, voy a hacer que, de alguna forma, tú qué eras un personaje principal, tengas un bonito final que no ensucie tu nombre.

Y aquí termina por fin mi verborrea imparable que hoy ha sustituido al llanto, por aquello de aprender a canalizar.

No sabes la ilusión con la que llegué y lo que he tenido que hacer con ella.

No sabes cuánto me gustaría que, en un último gesto heroico, intentaras conmigo cambiar las tres últimas páginas de nuestra novela o que al menos leyeras lo que escribo, por aquello de empatizar y ser asertivo, esta vez.

Volver a tener un amigo como el que tú eras es un deseo que voy a pedir cada vez que vea cruzarse una estrella o sople unas velas, o un diente de león. Porque te echo mucho de menos y, las cosas que pasan por amor, no merecen un final desolador.

Somos tan iguales y tan distintos que, pese a encajar, solo podríamos implosionar.

Anuncios