Si vuelvo a decir que le quiero, atadme a una farola, a las afueras.

Dejadme allí hasta que los gritos se confundan con el silbido del fuerte viento, que llega desde mar a dentro, vengativo.

Luego, dad media vuelta y tapaos los oídos.

Si vuelvo a confiar en su palabra,  agarradme bien del pelo y encerradme en el sótano más oscuro. 

No sintáis remordimiento alguno. 

Si caigo en sus trampas una vez más, lanzadme desde un quinto piso, a ver si el golpe me devuelve la cordura y puedo reencarnarme en un insecto diminuto y venenoso.

Si salgo a correr descalza, no me pareis. 

Pero si me veis, a través de las rendijas de la persiana de mi habitación, llorar con la cabeza entre las rodillas, bajo el edredón, dejadme tranquila.

No soy tan dura como creía; estoy al borde de ser borde, en vez de corazón, tuve una ensaimada que devoró una manada de lobos hambrientos y he cometido sutiles delitos de los que no me arrepiento. 

Como escribía aquella a quien yo leía buscando consuelo, con el alma en un tetrabrik…

Dame mesura, Dios,
dame mesura,
mesura chapucera y cotidiana.

Hazme mediocre, Dios
hazme mediocre.

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