En una esquina de la habitación hay un ventilador que gira y desordena los sueños que de noche me desvelan. 

Una ola de calor ha evaporado las explicaciones que nunca daré por haber querido ser yo misma. 

No se compra a peso el carisma.

Una gota de sudor que se desliza por mi piel hasta las estrechísimas cornisas de mis caderas, me recuerda el sutil tacto de tus manos sobre un cuerpo hecho de mil retales.

Pero no somos de trapo, ni somos todas iguales.

Sigue girando el ventilador, desordenando los sueños que quedaron suspendidos en el aire esta madrugada, mezclando el olor del presente con el de todo lo que nunca vuelve y yo me evaporo.

Se derrite la pintura de las paredes dibujando rostros sofocados que hablan en un idioma que nunca antes había escuchado. 

Soy un charquito de agua salada que crece y crece hasta que puedas cruzarlo a nado.

La perfecta línea recta que trazan mis dientes es única y exclusivamente para la gente a la que yo elijo sonreír. 

Ni somos todas iguales, ni somos de trapo y, este domingo, una tarde de verano, me derrito,  me evaporo y me hago charquito para que puedas cruzarme a nado.

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