Duró lo que tenía que durar; una efímera eternidad que cambió la forma de las sombras y el color de los atardeceres.

De todas las mujeres, ella era la más dura y la más frágil.

También era la más curtida, la más ingenua, la más entregada…

La menos indicada.

Duró lo que tenía que durar y sin preguntar y sin hacer ruido, ella se marchó por donde había venido.

Con la sonrisa en el bolsillo.

Con la misma pregunta en la misma garganta que hasta hoy aguanta sin soltar reproche alguno, no quiso molestar en el momento menos oportuno y se marchó cuando la forma de las sombras cambió y los atardeceres ya no eran los mismos.

Sin preguntas y sin ruido.

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