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ValentinaMaleza

"ciclotimia intermitente"

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fragmentos

La Elegancia del Erizo.

He vuelto a comprar La Elegancia del Erizo.

No he podido evitar cogerlo de la estantería en la que permanecía, por su apariencia, desde hacía largo tiempo a la espera de ser leído.

Cada vez que ha caido en mis manos, Muriel Barbery me ha acompañado dia y noche, a sol y a sombra, a todas horas, a todas partes.

Estoy devorando cada página como el primer día y siempre hay un fragmento que quiero subrayar.

…”a fin de cuentas, quizá la vida sea eso, mucha desesperación pero también momentos de indescriptible belleza, donde el tiempo ya no es igual.
Es como si las notas musicales hicieran una suerte de paréntesis en el tiempo, una suspensión, otro lugar aquí mismo… un siempre en el jamás. (…)
A partir de ahora buscaré los siempre en los jamases.
La belleza de este mundo”

Y en ello estoy.

Hoy que he perdido un poco el norte y la esencia, voy a dedicar mi tiempo a dejarme absorver, como tantas otras veces, por esta mujer a la que admiro por hacer que olvide que a mi alrededor hay un ligero hedor a hipocresía.

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Cierta tensión. 

Hay cierta tensión sexual no resuelta entre la cordura y la sensatez.

Hay un abismo de inmadurez bajo el colchón que no compartimos, entre las líneas de todo aquello que no nos decimos, bajo la alfombra, en los trazos que dibuja tu sombra sobre la acera, en el agua de la pecera en la que nadas, en las miradas que no hemos cruzado, en los mensajes borrados, en la absurda prudencia que deja en evidencia toda cobardía.

Hay cierta magia escondida en los secretos mejor guardados.

El reto al que aspira el enamorado se escapa de unas manos que son las mías.

Tal vez preferirías que fuera discreta, invisible, lejana…. que fuera lo que nunca pude ni quise ser, para no ofender, para no asustar, para rozar una normalidad en la que nunca he creído.
Hay un nudo en la garganta si cierro los ojos y, a la espera de una tregua merecida, estoy mucho más perdida que cuando te encontré y lo revolviste todo.

Aprendí a ser invisible cuando todos miran.

Porque tengo una sola vida, vísteme de loba y sácame del rebaño, que el puente mil veces cruzado lleva al estanque donde todos duermen.

Quiero estar bien despierta cuando el frío llegue y lo cambie todo.

Quiero ser muy consciente de aquello que digan los versos que surgen de los tropiezos de quien más veces se puso en pie. 

Allí donde perdí la dignidad encontré el sentido de las frases que, de tantas veces repetidas, llegaron a ser lo más parecido a la verdad.

Estaré, sin ser vista, en todas las canciones que hablen de libertad y entre las páginas de ése diario tan personal que cerraste con veinte candados justo antes de lanzar la llave al fondo del mar sin pararte un segundo a pensar si era la mejor de las ideas. 

Y puede que lo fuera.

Hacer borrón y cuenta nueva era una opción inteligente.

Barrer las cenizas, dejar un corazón hecho trizas en urgencias,  sacar a pasear todas las caras de la misma jodida moneda …

Aprendí a ser invisible cuando todos miran y allí,  al fondo a la derecha, clavé la flecha que habrás de arrancar.

Los días de mierda.

Los días de mierda salgo a buscar guerra donde no la hay.  

Hoy rompo todo lo que toco y, por si fuera poco, 

emulo a Bucay describiendo los amaneceres que me estoy perdiendo.

He vuelto a caer en el segundo asalto y ya no lo intento, 

Ya no soy de arena ni soy de viento.

Ahora soy la tormenta que, con sus truenos, asusta a los malos y advierte a los buenos

de una pesadilla en tres dimensiones. 

Porque estar hasta los cojones,  entra en contradicciones 

con el sosiego de las tardes de verano al sol, en ésta isla.

Los días de mierda aquí, en una ciudad que flota en mitad del mar, 

son sólo una jornada más entre bambalinas. 

Hago como si me diera igual.

Mezclo litro y medio de Brugal con una caja de aspirinas 

y salgo a buscar guerra donde no la hay;

A ver si me pierdo, a ver si me encuentras, a ver si me adivinas…

A ver si se terminan las reservas de paciencia del buen samaritano 

y puedo soltar su mano y echar a volar.

Porque yo era aire y, ser tierra, de siempre me sentó muy mal.

Por eso, los días de mierda, te salgo a buscar.

Adictiva-mente insoportable 

Soy tu problema favorito y si en vez de escribirlo, lo grito, sabrás que es verdad.

Soy tu mejor enemiga y eso puedo firmarlo ante notario o declararlo, habiendo jurado antes con la mano sobre la biblia, en un tribunal. 

Como un animal, sigo mi instinto y desmonto tus planes de amante empírico en mitad del ciclo lunar.

Trepo por tu espalda, arremangándome la falda, hasta mi pedestal.

Soy tu bicho preferido y te dejas ver conmigo para alardear de tu azaña al domesticar una fiera tal como la que yo he sido.

Lo siento, mi amor, pero no soy normal. No haberme elegido.

Jugar conmigo es jugar con fuego y a veces anhelo un incendio que apagar. 

Como un ave rapaz sobrevuelo el perímetro de seguridad que establecimos cuando eras capaz de soñar con los ojos abiertos.

Ahora estás demasiado despierto, aburres a los muertos y ya no quiero cazarte aunque muriera yo de hambre en mi liberadora condición. 

Visto piel de serpiente los días festivos y sigo siendo tu bicho preferido pero, conmigo, no vuelves a jugar. Nunca más. 

Querido dueño mío, siento decirle que ni soy suya ni soy mía siquiera. 

Soy una fiera salvaje,  una loba, un cervatillo, un ave rapaz y un enemigo tenaz cuando se trata de los míos. 

Trepo por tu espalda y no oigo queja alguna. Será que al llenarse la luna no eres tan valiente y ante la gente prefieres callar.

Sobrevuelo el perímetro de seguridad que establecimos aquella vez, cuando fuimos salvajes los dos, justo antes de convertirte en el alcornoque que a medias tintas vive y se deja trepar porque, por no saber, ni sombra sabe dar.

Un Verano allí donde solíamos gritar. 

Nos dan las tantas en la plazoleta; alargando las horas, guardando las ganas, pecando un poquito…

Nos dan las mil y no hay quien nos haga parar de reír, a las puertas del cuchitril más concurrido del barrio más divertido de toda la isla.

Será que encontré la magia y la conservo como oro en paño, por si vuelve la rutina con intención de hacer daño y se empecina en ordenar cada intento de improvisar. 

Por colores, por estilo, por destino, por tamaño…. Aún recuerdo cuando, antaño, se nos hacía de día en aquel banquito del parque en el que solíamos gritar.

Recuerdo a Love of Lesbian sonando en los altavoces de aquel coche tuyo verde tan poco discreto que nos llevaba al fin del mundo en lo que por aquel entonces nos parecía un momento.

Un verano fatal, como cantaba la Rosenvinge, es lo que pedíamos a gritos desde la barra de los garitos que teníamos por costumbre frecuentar.

Una buena dosis de tardía adolescencia que nos sienta bien. 

Un último intento de recuperar el tiempo que perdimos queriendo crecer antes de saber que la gracia era ser eternamente joven. 

Nos han dado las tantas, una vez más, porque cada verano es Un Verano Fatal, y no lo digo yo, que lo dice Vegas, además. 

Un verano que empezó tan bien que me vine arriba y tu apareciste y me sacaste de mi misma. Me devolviste a la casilla de salida de un soplido, usando un comodín. 

Las tardes de junio huelen a tí. 

Dejemos que vuelva a amanecer por sorpresa mientras tenemos la cabeza entre los tobillos. Tratemos de decidir si dejarla allí o recuperar la cordura que tanto echamos de menos cuando éramos dos memos sin juicio con tanto por descubrir.

No somos todas iguales.

En una esquina de la habitación hay un ventilador que gira y desordena los sueños que de noche me desvelan.

Una ola de calor ha evaporado las explicaciones que nunca daré por haber querido ser yo misma.

No se compra a peso el carisma.

Una gota de sudor que se desliza por mi piel hasta las estrechísimas cornisas de mis caderas, me recuerda el sutil tacto de tus manos sobre un cuerpo hecho de mil retales.

Pero no somos de trapo, ni somos todas iguales.

Sigue girando el ventilador, desordenando los sueños que quedaron suspendidos en el aire esta madrugada, mezclando el olor del presente con el de todo lo que nunca vuelve y yo me evaporo.

Se derrite la pintura de las paredes dibujando rostros sofocados que hablan en un idioma que nunca antes había escuchado.

Soy un charquito de agua salada que crece y crece hasta que puedas cruzarlo a nado.

La perfecta línea recta que trazan mis dientes es única y exclusivamente para la gente a la que yo elijo sonreír.

Ni somos todas iguales, ni somos de trapo y, este domingo, una tarde de verano, me derrito, me evaporo y me hago charquito para que puedas cruzarme a nado.

39°

Un domingo cualquiera, una sofocante tarde de verano, en el entresuelo izquierda, tras un porticón de madera con cristaleras, hay una sirena que, tendida en un colchón, se deshidrata al ritmo de las agujas de un reloj cuyo despertador nunca llegó a sonar.

A mi Judas.

Si vuelvo a decir que le quiero, atadme a una farola, a las afueras.

Dejadme allí hasta que los gritos se confundan con el silbido del fuerte viento, que llega desde mar a dentro, vengativo.

Luego, dad media vuelta y tapaos los oídos.

Si vuelvo a confiar en su palabra,  agarradme bien del pelo y encerradme en el sótano más oscuro. 

No sintáis remordimiento alguno. 

Si caigo en sus trampas una vez más, lanzadme desde un quinto piso, a ver si el golpe me devuelve la cordura y puedo reencarnarme en un insecto diminuto y venenoso.

Si salgo a correr descalza, no me pareis. 

Pero si me veis, a través de las rendijas de la persiana de mi habitación, llorar con la cabeza entre las rodillas, bajo el edredón, dejadme tranquila.

No soy tan dura como creía; estoy al borde de ser borde, en vez de corazón, tuve una ensaimada que devoró una manada de lobos hambrientos y he cometido sutiles delitos de los que no me arrepiento. 

Como escribía aquella a quien yo leía buscando consuelo, con el alma en un tetrabrik…

Dame mesura, Dios,
dame mesura,
mesura chapucera y cotidiana.

Hazme mediocre, Dios
hazme mediocre.

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