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ValentinaMaleza (@esttelaw)

"ciclotimia intermitente"

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La Elegancia del Erizo.

He vuelto a comprar La Elegancia del Erizo.

No he podido evitar cogerlo de la estantería en la que permanecía, por su apariencia, desde hacía largo tiempo a la espera de ser leído.

Cada vez que ha caido en mis manos, Muriel Barbery me ha acompañado dia y noche, a sol y a sombra, a todas horas, a todas partes.

Estoy devorando cada página como el primer día y siempre hay un fragmento que quiero subrayar.

…”a fin de cuentas, quizá la vida sea eso, mucha desesperación pero también momentos de indescriptible belleza, donde el tiempo ya no es igual.
Es como si las notas musicales hicieran una suerte de paréntesis en el tiempo, una suspensión, otro lugar aquí mismo… un siempre en el jamás. (…)
A partir de ahora buscaré los siempre en los jamases.
La belleza de este mundo”

Y en ello estoy.

Hoy que he perdido un poco el norte y la esencia, voy a dedicar mi tiempo a dejarme absorver, como tantas otras veces, por esta mujer a la que admiro por hacer que olvide que a mi alrededor hay un ligero hedor a hipocresía.

(…)

Todo está perdonado de antemano y, por tanto, todo cínicamente permitido.
Milan Kundera.

El verano de los valientes. I

Bajo el sol de medio día, en una pequeña plaza ubicada en un antiguo barrio judío, hay un bar con terraza y allí, en una mesa sin sombrilla, tres hijos de los 90 fuman y beben cerveza y planean un viaje sin presupuesto.
Una cerveza y otra cerveza y el sol ardiéndonos en la cara.
De fondo suena La Flaca.
En la puerta, un señor muy vivaracho, viste un polo blaugrana y baila xibeca en mano. Agita los brazos animando a la gente a levantarse de sus sillas y abandonar sus mesas y unirse a él en esa coreografía trasnochada.
Un perro ladra y otro le sigue y se arma un escándalo.

La chica pelirroja de la esquina, sentada sola en una mesa con cinco sillas, no levanta la cabeza de su libro pero sonríe escondida detrás de sus enormes gafas como si en el fondo quisiera alzarse y brindar por la vida con ése desconocido que parece tan contento y contagia al resto.
Justo en frente de esa terraza tan concurrida, en un banco sentado como si con él no fuera la cosa, un punky legendario abre una lata de comida para perros, coge con sus manos ennegrecidas por el tiempo grandes trozos de carne, viscosos, los mete en su boca y se chupa después los dedos.
Uno que anda cerca descargando su vejiga para hacer sitio a otra litrona, lo mira y le espeta:
– ¿Que haces tío? No te comas eso.
– Está muy bueno. Prueba un poco.
– Que asco, joder. Estás loco.
Y en esas se sube la bragueta, hacer caer la lata de un manotazo y se aleja con el ruido de la lata rodando calle abajo.
La gente mira, curiosa.
He visto de todo en este barrio. Aquí suceden cosas bastante más interesantes que en los sitios elegantes.

El camarero de pelo canoso, patillas gruesas y cejas espesas, se mueve ajetreado entre las mesas. Otra ronda para los hijos de los 90.

En lo que se refiere a los tres tunantes que fuman y beben al sol y planean un viaje sin presupuesto, no puedo avanzar nada por el momento. Sólo diré que se estaban buscando y se han encontrado.
Éste será el verano de los valientes.
Según como se den los acontecimientos, éste libro tomará un rumbo u otro y prometo ser fiel en la descripción de los hechos que los caprichos del destino tengan a bien traer a éste pueblo que quiere volver a ser ciudad y no lo consigue.

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