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ValentinaMaleza

"ciclotimia intermitente"

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lírica

El verano de los valientes. I

Bajo el sol de medio día, en una pequeña plaza ubicada en un antiguo barrio judío, hay un bar con terraza y allí, en una mesa sin sombrilla, tres hijos de los 90 fuman y beben cerveza y planean un viaje sin presupuesto.
Una cerveza y otra cerveza y el sol ardiéndonos en la cara.
De fondo suena La Flaca.
En la puerta, un señor muy vivaracho, viste un polo blaugrana y baila xibeca en mano. Agita los brazos animando a la gente a levantarse de sus sillas y abandonar sus mesas y unirse a él en esa coreografía trasnochada.
Un perro ladra y otro le sigue y se arma un escándalo.

La chica pelirroja de la esquina, sentada sola en una mesa con cinco sillas, no levanta la cabeza de su libro pero sonríe escondida detrás de sus enormes gafas como si en el fondo quisiera alzarse y brindar por la vida con ése desconocido que parece tan contento y contagia al resto.
Justo en frente de esa terraza tan concurrida, en un banco sentado como si con él no fuera la cosa, un punky legendario abre una lata de comida para perros, coge con sus manos ennegrecidas por el tiempo grandes trozos de carne, viscosos, los mete en su boca y se chupa después los dedos.
Uno que anda cerca descargando su vejiga para hacer sitio a otra litrona, lo mira y le espeta:
– ¿Que haces tío? No te comas eso.
– Está muy bueno. Prueba un poco.
– Que asco, joder. Estás loco.
Y en esas se sube la bragueta, hacer caer la lata de un manotazo y se aleja con el ruido de la lata rodando calle abajo.
La gente mira, curiosa.
He visto de todo en este barrio. Aquí suceden cosas bastante más interesantes que en los sitios elegantes.

El camarero de pelo canoso, patillas gruesas y cejas espesas, se mueve ajetreado entre las mesas. Otra ronda para los hijos de los 90.

En lo que se refiere a los tres tunantes que fuman y beben al sol y planean un viaje sin presupuesto, no puedo avanzar nada por el momento. Sólo diré que se estaban buscando y se han encontrado.
Éste será el verano de los valientes.
Según como se den los acontecimientos, éste libro tomará un rumbo u otro y prometo ser fiel en la descripción de los hechos que los caprichos del destino tengan a bien traer a éste pueblo que quiere volver a ser ciudad y no lo consigue.

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Efectos secundarios.

No aprendí a caer con dignidad pero me he dado la oportunidad de volver a intentarlo.
Paso del nihilismo a la obsesión en lo que dura un telediario, no metí la cabeza en el horno de milagro y cogí un tren sin preguntar de donde venía porque poco me importaba estar aquí o en un país inventado, sólo para mí, que oliera a recién estrenado.
La enfermedad de las mujeres que aman demasiado.

No sé qué intento aparentar si sé que, a pesar de los pesares, te querré hasta que se sequen los mares y así una sarta de patéticas cursilerías. Tú lo sabías.
Desde que sé de mis vértigos no me acerco a las cornisas.
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Perdí hasta la vergüenza.
Quise hacer de mi experiencia un ejemplo a no seguir, alguien a quien no admirar, una muestra más de los efectos secundarios de la insensatez temprana.

Ya he confesado todos mis pecados, le puse al karma la otra mejilla sin quejarme y aún curo heridas que de vez en cuando se abren.
Soy más intensa que la mayoría y eso no me hace más lista, sino más flaca.
Apenas 50 kg me sostienen.
Quería algo, no sabía muy bien qué; afecto creo que era, o hierba o un café. Ahora puedo contar las costillas que se marcan a través de la camiseta, me ato bien los cinturones para no perder los pantalones y éstos brazos, que parecen dos ramas secas, abrazan igual o más fuerte que los vuestros, todos mis secretos.
Estoy al borde de ser borde y me contengo.

Valentina Maleza

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