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ValentinaMaleza (@esttelaw)

"ciclotimia intermitente"

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reflexiones

Un morderse la lengua.

Ella nunca vio la nieve en toda su vida. Espero que éste año el clima sea generoso y le regale unos copos que desde el cielo, lleguen a caerle en el pelo y mojen sus rizos al deshacerse.

Hace días que no es conmigo lo que antes era; un suspiro de alivio una tarde de primavera, un morderse la lengua, una mano buscando lo que perdió entre las cuerdas de su guitarra, una carcajada rompiendo el silencio de esta casa , de madrugada, un beso en la frente…

Echo de menos ser para ella como la primera estrella que osa brillar, escandalosa, tras la tormenta.

De todas las notas de una canción que suena como salida de una gramola en una estación de tren cuando el último pasó hace horas, es la última nota la que se enreda en tu ropa, te acompaña calle abajo, trepa por tu espalda y, mientras tarareas el estribillo, salta cual invisible grillo hasta llegar a tu oído y allí se instala, para siempre.

Cantarás la misma canción hasta que se te caigan los dientes.

A veces quiero ser esa última nota para viajar con ella por toda Europa.

A veces prefiero terminar antes de empezar y así ahorrarme las despedidas.

Aveces olvido que los demás tienen sus propias vidas pero ayer me colgué un cartel en la espalda en el que está escrito en varios idiomas “prohibido hacerse querer”.

Prohibido hacerme creer que, tal vez, en algún lugar de cuyo nombre no conseguiré acordarme haya un rincón en el que el amor no sea sólo un plato de sopa fría a repartir entre los comensales.

Eso de dejarse llevar puede desencadenar el más predecible de los finales, secando mares que se reencarnan después en lágrimas que el viento seca en una azotea al sol de Marruecos.

La última nota de una canción como salida de una gramola en una estación de tren, cuando el último pasó hace horas, se enreda en mi ropa, me acompaña calle abajo, trepa por mi espalda y, mientras tarareo el estribillo, salta cual invisible grillo, se mete en mi oído y aquí se instala, para siempre.

Se agudiza el oído y se pierde el habla

La primero que vi al entrar en la habitación fué la mancha que decora la pared que se ve al otro lado de la ventana.La luz amarillenta de la farola define, uniendo las sombras, un rostro de mujer, a lo francés, muy bien peinada. Ojos enormes, nariz pequeña y afilada y una boca de piñón con las comisuras perfectamente dibujadas sobre la pared desconchada.

Ligeramente de perfil, observa con su catalejo, ensimismada, todo cuanto sucede en esa casa que, abierta de arriba abajo en sus entrañas, saluda al sol de Marruecos desde la azotea, guarda secretos tras los muros que levantan y sostienen las estancias y sólo un rostro que el tiempo dibujó en una pared encalada, observa y no pierde detalle de todo cuanto acontece, se habla y se calla también, a través de ésa ventana, en la habitación más bonita, de la casa con los habitantes de procedencia más variopinta, en el callejón más estrecho de la ciudad más olvidada.

Aquí se agudiza el oído y se pierde el habla.

Aquí una parte de mi se siente como en casa y la otra nada a contracorriente, con una duda siempre en la frente, el corazón encogido, ahora un suspiro, ahora aprieta fuerte los dientes…

Aquí todos los días son diferentes.

Las tardes de niebla son más que frecuentes tras una mañana calurosa y, en un abrir y cerrar de ojos, es otro mundo éste, aquí, tras la muralla. Hasta el clima improvisa en la ciudad del viento.

Cuando menos lo esperas, una tormenta llega y se queda y mañana será otro día.

Desde el primer relámpago hasta la última gota del agua que moja la ropa que cuelga de un cordel en la azotea, truena el cielo y moja la tierra que todos pisamos.

Una historia se forja al sol de Marruecos. La brisa borra deprisa los recuerdos, el mar curte la piel y ablanda los huesos que, a peso, venderé.

Aquí todos los primeros días de mi vida podrían juntarse y hacer una vida entera. Nueva. Para quien la quiera.

Así, de todos los pájaros que tengo en la cabeza, dejar mi país y venirme aquí, fue la mejor de las ideas.

Me prometí disfrutar de la experiencia, que no dejaría escapar una sola anécdota, que dejaría fluir todo lo que surgiera, por aquello de ser quien yo quiera y , de ésa manera, vivir la vida tan intensa como se presenta. 

Ahora suena un rezo que hace temblar la copa en la mesa y todos callan.

Ahora vendo cada hueso de mi cuerpo, a peso.

Los dientes y la piel también. A granel.

El resto es arena mojada y vino caliente. Lo de siempre.

Aquí dejo el arco, la última flecha, los ojos, la frente, un lunar y la tirita que usé cuando reparé mi ventrículo izquierdo.

Hay algo importante que quiero encontrar y no puedo cargar con todo ese peso.

Si es sólo un cuerpo y lo usaré un ratito, nada más…

Antes de que anochezca, dejaré el hígado y los pulmones en una cesta que no llevaré conmigo.

 

.

Desde el primer relámpago hasta la última gota del agua que moja la ropa que cuelga de un cordel en la azotea, truena el cielo y se moja la tierra que todos pisamos. 

Y ahora estoy aquí… y aquí, no pasa nada.

Ya regresé del viaje que empezó en aquella plaza, en aquel país, a aquellas horas…

Nada más llegar, fuimos dos catalanas, un sevillano, una ecuatoriana, un madrileño y una italiana, bebiendo whisky irlandés, bailando salsa y hablando de la vida y del karma, en Marrakech, en una terraza. Hasta las tantas.

Así nos recibió la ciudad más ruidosa jamás visitada y, hasta el último momento, fué todo tan intenso que me costaría relatarlo de forma ordenada.

Un día allí, nos pareció una semana.

Fueron más de dos, ésta vez. 

Hemos hecho autoestop bajo la lluvia en una carretera olvidada, hemos dormido en cuevas, caminado durante horas para encontrar agua…

He aprendido a escucharme, he conocido a personas que me oyen sin que les hable, he sacado escorpiones de mis zapatos, hemos pedido tantos deseos como estrellas fugaces cruzaron el cielo…

Hemos conversado durante horas con un reportero alemán, hemos tenido curiosos compañeros de asiento en los autobuses, hemos corrido por callejuelas sin orden, siguiendo a un hombre, cuyo nombre, ya no recuerdo .

Hemos sobrevivido a varios ataques de risa, perdiendo la ropa que se llevó una ráfaga de viento en las montañas….Hemos vivido con sus familias, en sus casas…

Y regresé. 

Regresé. Y ahora estoy aquí… y aquí, no pasa nada.

Mi ventrículo izquierdo.

Ensaya la cara que vas a poner cuando me veas pasar y sepas que ésa será la última vez.

Ensaya lo que te vayas a inventar para salvar el diente que te queda.

La distancia que separa dos universos, se acorta y agota el tiempo como se agotan las excusas y, con ése cerebro que ya no usas, tendrás que exprimirte los sesos de nuevo, ser muy creativo y dar voz al títere en el que te has convertido.

Todo lacayo busca consuelo en su pelo.

Cuidado con los enredos.

Vuelve a pensar en mí cada vez que caiga un vaso al suelo y se esparzan los cristales por todas partes.

Cada vez que abra la boca y tiemblen los diccionarios, cada vez que se vuelva loca y te preguntes si tendrán razón los que aseguran que cambiaste, a peor, entonces serás más verdad que nunca y tal vez te devuelvan la corona.

Cuando te canses de la sumisión, te deshagas del yugo que llevas al cuello y ya no te baste con su pelo, muerde fuerte los nudillos de todos tus dedos.

Arranca los recuerdos de un tirón y escúpeme por una buena causa.

Recuerda que una vez fuiste mis domingos de resaca pero aquí sólo hay agua y ya no escuece.

Ensaya la cara que vas a poner cuando sepas de quién se ríe el mundo.

Tú que te burlabas del fruto del amor de los demás, ahí va el segundo y que me parta un rayo en dos si miento cuando digo, que hay lenguas de cemento que fueron testigo.

Ensaya qué vas a decir ahora que me la trae al pairo y puedo sobrevolar océanos y continentes.

Si supieras hacia dónde guiaste mis pasos sin querer…

Tal vez algún día tenga que agradecer todos los botes de mercromina que gasté para curar mi ventrículo izquierdo.

Él sabía que jugar conmigo era jugar con fuego.

 El Verano de los Valientes. 4.

Él sabía que jugar conmigo era jugar con fuego. Sabía lo cortas que tienen las patas las mentiras, que hay cosas que se perdonan pero no se olvidan, que hay heridas que dejan cicatrices, que puedo ser feliz y comer perdices sin perder de vista lo que es de justicia, sin dejar que bailen sobre mi tejado con los pies sucios, sin callarme un solo engaño, guardando cada palabra como oro en paño, descubriendo todas y cada una de sus dobleces…

Me río de sus memeces por no gritar a los cuatro vientos que a mí también me mintió, que he sido casi tan tonta como ella, que jugó al despiste y abusó de mis días más tristes.

Me río por no asomarme a la ventana y aprovechando una ráfaga de viento, lanzar panfletos con las mismas fotos que ahora se hace con ella en blanco y negro.

Me quería, o eso decía, y yo le creí, le esperé, le olvidé… Volví a caer, mucho más abajo ésta segunda vez y lloré y me convenció y le esperé otro millón de años.

La tercera fué la vencida. De aquella no salí herida, salí hecha añicos y, con los trozos que quedaron en el suelo, se hizo un sombrero y lo lleva puesto cuando duerme con ella entre las mismas sábanas a las que a mi también me invitaba.

He pasado del drama a la comedia romántica americana, cambié de cama, me hice con un escudo de acero inoxidable y, desde entonces, lo llevo conmigo. Ahora lo miro desde la torre más alta y es divertido ver cómo ha elegido a la más tonta y ahora me escribe, atormentado, usando métodos rudimentarios. Ridículos después todo…

Le miro y le veo caer tan bajo…él, que se burlaba de ella conmigo, que tanto nos hemos reído de su estupidez elegida, tan evidente…

Él sabía que jugar conmigo era jugar con fuego, que se quemaría, que un día me curaría y ya no querría salvarle.

Hace sólo unas semanas aún no era capaz de decir que no me quería y dormía, desde hace meses, con aquella pobre diabla que, por ser lo suyo un evidente bajo coeficiente, no da más que para observar desde otro continente como se tejen historias de traidores y de valientes.

Imagen:@yaaaizamor

Qué sabrás tú de amor, si te arde todavía la nostalgia entre las piernas

Qué sabrás tú de amor, si te arde todavía la nostalgia entre las piernas.

Qué sabrá ella de cuantas veces me he forzado a sonreír por no darte a ti el gusto de ver las cicatrices que dejaron nuestras guerras civiles.

Escondías todas tus sirenas de piernas de neón en una habitación a la que también a mi me invitaste.

Aún no sé si me quisiste o eso también te lo inventaste.

Tú y yo conocemos nuestras verdades universales; las que duelen y las que curarían todos los males.

El tiempo cura o tortura según quien lo gaste.

Tu jugaste a hacer arder las horas en mis muñecas y ahora pretendes también borrar mis letras, tus huellas dactilares, la memoria… toda un historia.

Dicen que todo pasa por algo.

A mi, el rencor me dio el valor necesario para escribir desde lo más profundo de mis ovarios cuando la otra opción era agachar la cabeza y dejar que bailaras sobre mi tejado.

Entraste en mi cama con los pies sucios y te llevaste después las sábanas.

Hiciste con ellas el disfraz de fantasma que llevas puesto en ésas fotos en blanco y negro.

Te regalo las sábanas y me quedo con los recuerdos .

No te voy a olvidar porque quiero pensar que en algún momento fueron verdad tus miradas de cordero degollado.

Sé, de tu propia boca, que aunque te vayas lejos me sientes muy cerca.

El rencor me dió el valor y el tiempo me dió la fuerza para aceptar mi error, para asumir las consecuencias y usar el dolor para levantar y reconstruir los castillos de arena que contigo se elevaron, temerarios, en días de viento sobre cimientos de plastilina.

Qué sabrá ella de nuestras promesas y nuestros secretos.

Qué sabrá ella de amar con los ojos abiertos si no estaba allí, entre nuestros cuerpos.

@valentinamaleza

Pobre diabla. Por más que le creciera el pelo, tal mediocridad no hay melena que pudiera taparla.

Fragmento de: El Verano de los Valientes.3 / Ya no escuece.

https://instagram.com/valentinamaleza

Ya no escuece.

El Verano de los Valientes. 3

Hace sólo una semanas que, teniendo que arrancarle las palabras de entre los dientes, pronunció al fin, aunque a trompicones, un «te quiero, pero ya no como antes». Así decidió liberarme. Desde aquel momento, hace si llega, apenas un mes, bebo de otras fuentes cuando tengo sed.

Situémonos en el tiempo para entender a los héroes y a los villanos. Ni los buenos son, ni mucho menos, tan santos, ni los malos fueron siempre tan crueles. Dos años jugando al perro y al gato dan para desquiciar a cualquiera y, vosotras, las que cuando amáis, amáis con locura, como se amaba cuando quererse era escuchar su nombre y no poder respirar, ya lo sabréis .

Después de todo, aún no sé cómo se atrevió a volver la última vez pero más culpa tengo yo por abrirle la puerta a esas horas, por callarme las cosas, por cargar contra los demás cuando sacaban tarjetas amarillas. La culpa fue mía por dejar que una lealtad incondicional se convirtiera en una humillación pública tras otra pero no importa porque estoy en otra y ya no escuece.

Primero fuí Barbie Rambo, luego quise ser su amiga y ahora que estoy curada de espantos puedo ser quien me dé la gana. Puedo ser un koala si se me antoja y pasarme el día comiendo hojas o puedo ser una cobra y merendarme a tres como tú esta tarde.

El caso es que ahora, viendo un ejemplo de lo que espera él en una mujer, no puedo contener la risa y para que yo volviera a caer, tendría que volver a nacer.

Lo que más le molestó de mi reacción fué la sonora carcajada que solté al saber de quién se trataba esta vez. No es que me crea yo más lista que la mayoría pero, en ésta ocasión, sin caer en la exageración, se trata casi de una minusvalía. Yo también tengo las mias. En ella, es tan evidente que le falta una primavera, que entiendo que quiera cuidarla. Pobre diabla. Por más que le creciera el pelo, ésa mediocridad no hay melena que pudiera taparla.

Vi en ése mismo instante la famosa luz al final del túnel.

Para ser quien él quería que yo fuera, tendría que desaprender, olvidar, ignorar y lobotomizar, ser más simple que una zapatilla, tirar de apellido y dejar el cerebro al sol.

Y de aquí, de ésta revelación, parte la decisión más drástica de mi vida.

Un billete sólo de ida.

Escribiré a medida que encuentre las cosquillas que busco y tendrá que ser un cambio muy brusco porque, como dice la canción, quiero acción y aquí no pasa casi nada.

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