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ValentinaMaleza

"ciclotimia intermitente"

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relatos

Un Verano allí donde solíamos gritar. 

Nos dan las tantas en la plazoleta; alargando las horas, guardando las ganas, pecando un poquito…

Nos dan las mil y no hay quien nos haga parar de reír, a las puertas del cuchitril más concurrido del barrio más divertido de toda la isla.

Será que encontré la magia y la conservo como oro en paño, por si vuelve la rutina con intención de hacer daño y se empecina en ordenar cada intento de improvisar. 

Por colores, por estilo, por destino, por tamaño…. Aún recuerdo cuando, antaño, se nos hacía de día en aquel banquito del parque en el que solíamos gritar.

Recuerdo a Love of Lesbian sonando en los altavoces de aquel coche tuyo verde tan poco discreto que nos llevaba al fin del mundo en lo que por aquel entonces nos parecía un momento.

Un verano fatal, como cantaba la Rosenvinge, es lo que pedíamos a gritos desde la barra de los garitos que teníamos por costumbre frecuentar.

Una buena dosis de tardía adolescencia que nos sienta bien. 

Un último intento de recuperar el tiempo que perdimos queriendo crecer antes de saber que la gracia era ser eternamente joven. 

Nos han dado las tantas, una vez más, porque cada verano es Un Verano Fatal, y no lo digo yo, que lo dice Vegas, además. 

Un verano que empezó tan bien que me vine arriba y tu apareciste y me sacaste de mi misma. Me devolviste a la casilla de salida de un soplido, usando un comodín. 

Las tardes de junio huelen a tí. 

Dejemos que vuelva a amanecer por sorpresa mientras tenemos la cabeza entre los tobillos. Tratemos de decidir si dejarla allí o recuperar la cordura que tanto echamos de menos cuando éramos dos memos sin juicio con tanto por descubrir.

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Ahora que somos de arena y de viento.

Podrías volverte loco, dejarlo todo, ser menos cauto
y venir a llamar a mi puerta
con tus nudillos de artista incansable
un domingo de mercado, antes de las once.

Si tú quisieras y yo me dejara,
amaneceríamos siameses todas las mañanas, todos los días de la semana.
Te enseñaría a vivir del aire en un tutorial magistral
que será nuestro secreto mejor guardado,
cantaría contigo el estribillo de aquella canción
que sonaba en los 40 Principales cuando ni tu ni yo éramos de arena todavía.

Después de aquel atentado emocional
no he vuelto a inmolarme como antes lo hacía.
Ya no envuelvo el corazón en celofán,
ni duermo con los ojos abiertos
ni me duelen ya las costillas de amar en dirección prohibida.
Ahora soy. Ya no lo intento.

Ahora que somos de arena y de viento
dedica un momento a ser conmigo
la tormenta que todo lo cambie de sitio.
Ahora que ha pasado el tiempo
y tu voz sigue dibujando por todo mi cuerpo libélulas negras,
traigamos al mundo una hija albina que herede tus talentos y mis manías.
Que tenga tus ojos…
A través de tus pupilas siempre pude ver donde habitan todos tus monstruos.

Si tú quisieras y yo me dejara querer ésta vez,
observaría las constelaciones que dibujan los lunares en tu espalda
hasta que se nos curvaran los huesos,
hasta que el Sol de Mogador nos secara los sesos y no existieran para nosotros los inviernos…
Hasta traer al mundo una hija albina que herede tus talentos y mis manías.
Que tenga tus ojos…

Si yo te contase…

Tú no les conoces y no me creerías si yo te contase.

Tú no sabes lo que es tener que andarse con ojo y que, con dos, no baste.

Tú eres sólo un visitante y vas y vienes y aquí paz y después gloria.

Tú te irás y sólo guardarás en tu memoria las puestas de sol.

Tú pasaste por aquí , y adiós. Buen viaje.

No llevarás en tu equipaje más que un bonito recuerdo .

Porque tú no has sentido temblarte los huesos de camino a casa cuando oscurece.

Tú no has tenido que hacerte respetar con uñas y dientes porque vas y vienes y aquí paz y después gloria , como decía .

Aquí llegan cientos como tú todos los días .

Tú no has visto la otra cara de una moneda que no vale nada y gira en el aire y no importa de qué lado caiga.

Tú, de sus mentiras y de sus trampas, no sabes nada ni lo sabrás y yo que me alegro .

Si sólo pasaste por aquí , no te habrá dado tiempo a sentir el miedo que da una mirada perdida cuando la mente que la domina se cierra con veinte candados.

Tú qué vienes y vas, nunca sabrás de qué pié cojean.

De entre todas tus fotografías, no habrá ninguna en la que veas lo que se esconde tras éstos muros.

Tú no tienes ni idea de lo que es estar aquí y no tener dos duros para comprar su sonrisa, casi siempre.

No sé qué tendría que pasar para que dejaran de inspirarme éstas vistas, pero tú que vas y vienes y sólo guardarás en tu memoria las puestas de sol, deja que te diga…

Aquí nada es lo que parece y sólo aquel que no enloquece se podrá salvar.

Tunante.

Sin pena ni gloria, partió sin amigos a los que extrañar, sin rozar siquiera los corazones…
Se fue atropellando todas las emociones hasta convertirlas en una prisa que lo acompañó calle abajo y subió con él al autobús que, por fortuna, se lo llevó tan lejos.

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Ahora que somos de arena y de viento.

Podrías volverte loco, dejarlo todo, ser menos cauto
y venir a llamar a mi puerta
con tus nudillos de artista incansable
un domingo de mercado, antes de las once.

Si tú quisieras y yo me dejara,
amaneceríamos siameses todas las mañanas, todos los días de la semana.
Te enseñaría a vivir del aire en un tutorial magistral
que será nuestro secreto mejor guardado,
cantaría contigo el estribillo de aquella canción
que sonaba en los 40 Principales cuando ni tu ni yo éramos de arena todavía.

Después de aquel atentado emocional
no he vuelto a inmolarme como antes lo hacía.
Ya no envuelvo el corazón en celofán,
ni duermo con los ojos abiertos
ni me duelen ya las costillas de amar en dirección prohibida.
Ahora soy. Ya no lo intento.

Ahora que somos de arena y de viento
dedica un momento a ser conmigo
la tormenta que todo lo cambie de sitio.
Ahora que ha pasado el tiempo
y tu voz sigue dibujando por todo mi cuerpo libélulas negras,
traigamos al mundo una hija albina que herede tus talentos y mis manías.
Que tenga tus ojos…
A través de tus pupilas siempre pude ver donde habitan todos tus monstruos.

Si tú quisieras y yo me dejara querer ésta vez,
observaría las constelaciones que dibujan los lunares en tu espalda
hasta que se nos curvaran los huesos,
hasta que el Sol de Mogador nos secara los sesos y no existieran para nosotros los inviernos…
Hasta traer al mundo una hija albina que herede tus talentos y mis manías.
Que tenga tus ojos…

Lo más leído en 2016 :   Él sabía que jugar conmigo era jugar con fuego.

Él sabía que jugar conmigo era jugar con fuego. Sabía lo cortas que tienen las patas las mentiras, que hay cosas que se perdonan pero no se olvidan, que hay heridas que dejan cicatrices, que puedo ser feliz y comer perdices sin perder de vista lo que es de justicia, sin dejar que bailen sobre mi tejado con los pies sucios, sin callarme un solo engaño, guardando cada palabra como oro en paño, descubriendo todas y cada una de sus dobleces…
Me río de sus memeces por no gritar a los cuatro vientos que a mí también me mintió, que he sido casi tan tonta como ella, que jugó al despiste y abusó de mis días más tristes.
Me río por no asomarme a la ventana y aprovechando una ráfaga de viento, lanzar panfletos con las mismas fotos que ahora se hace con ella en blanco y negro.
Me quería, o eso decía, y yo le creí, le esperé, le olvidé… Volví a caer, mucho más abajo ésta segunda vez y lloré y me convenció y le esperé otro millón de años.
La tercera fué la vencida. De aquella no salí herida, salí hecha añicos y, con los trozos que quedaron en el suelo, se hizo un sombrero y lo lleva puesto cuando duerme con ella entre las mismas sábanas a las que a mi también me invitaba.
He pasado del drama a la comedia romántica americana, cambié de cama, me hice con un escudo de acero inoxidable y, desde entonces, lo llevo conmigo. Ahora lo miro desde la torre más alta y es divertido ver cómo ha elegido a la más tonta y ahora me escribe, atormentado, usando métodos rudimentarios. Ridículos después todo…
Le miro y le veo caer tan bajo…él, que se burlaba de ella conmigo, que tanto nos hemos reído de su estupidez elegida, tan evidente…
Él sabía que jugar conmigo era jugar con fuego, que se quemaría, que un día me curaría y ya no querría salvarle.
Hace sólo unas semanas aún no era capaz de decir que no me quería y dormía, desde hace meses, con aquella pobre diabla que, por ser lo suyo un evidente bajo coeficiente, no da más que para observar desde otro continente como se tejen historias de traidores y de valientes.

Un año de mierda lo tiene cualquiera.

Éste 2016 fué un frotarse los ojos con las manos al despertar de un largo letargo, tomar conciencia de la velocidad a la que se mueve el planeta en el infinito espacio, “sentir el corazón lleno de arena”, gastar toda la tinta ahogando en ella las penas y meterlas todas en una botella que lancé al Atlántico.

Como directora de mi propia película basada en hechos reales, puedo decir que éstos trescientos sesenta y cinco días han sido una revelación , doce meses de transformación, unas pupilas acostumbrándose a la luz… un año de mierda al fin y al cabo .

Pero de la mierda siempre se aprende o se crea algo.

Un año y medio encerrada en una buhardilla fué una parálisis en el corazón, un incendio, una explosión en el pecho cuando la casa estaba en silencio.

Los recuerdos dolían, las paredes se agrietaban, el suelo se abría y pude ver de verdad cuanta oscuridad aguarda allí abajo.

Cientos de cuervos negros me sobrevolaban, una manada de hienas me seguía a todas partes y fué un arte olvidarte, una suerte salvarme y casi un milagro salir del barro agarradita a aquella rama.

Hubo también un par de terremotos y un tsunami entre la cocina y el comedor. Una sombra habitaba en el pasillo y ni en el espejo más grande de la habitación lograba yo encontrarme cuando más me necesitaba.

Un desastre merecido, un ceño fruncido , una cojera, un desequilibrio…  una cicatriz que luciré para siempre con orgullo de excombatiente.

Y me despedí de mí tal y como me conocía , amaneciendo un día como si fuera el primero. Y me corté el pelo y me dejé las venas largas y , mientras crecían, yo renacía y me despedía a la vez.

Era como un pez fuera del agua que empezaba a pudrirse en su pecera. Si aquel no era mi sitio , habría alguno que lo fuera.

Volví a empezar, hice las maletas, guardé el miedo en el segundo cajón de la izquierda y en dos horas y media aterrizaba en otra ciudad .

Otra realidad y distintos colores.

Ni por un segundo esperé que alguien me entendiera. Sólo los locos y los suicidas dan un vuelco así a sus vidas sin despeinarse y, tras año y medio en aquella maldita buhardilla , poco importaba que me pidiesen de rodillas que me quedase.

Han pasado ya varios meses desde aquella resurrección que fué la mejor decisión que jamás tomase.

Podría ser normal pero tengo sueños por alcanzar  y, aunque no lo lograse, prefiero morir en el intento a ser la oveja que siguiendo al rebaño perdió de vista el firmamento.

No ha nacido pastor a cuyas normas yo pudiese acostumbrarme y yo no he nacido para agachar la cabeza y conformarme.

Así como mis rizos crecen, salvajes, hay algo de indomable en mí y renací el día que al fin hallé el coraje, ” fui loba y quebré con el rebaño hastiada del llano”.

Casi lo consigue.

Guadalupe intentaba ser normal y casi lo consigue.

Ella que parecía tan enfadada al llegar, ahora suelta una carcajada y me contagia y podría oír la misma risa día tras día y no me cansaría.

Dormía con un ojo abierto pero ya no frunce el ceño, alarga el sueño y, al despertar, desprende algo tan especial que echaré de menos ésa vocecilla de campanilla que suena a vida a todas horas.

Ella intentaba ser normal y no le salia y , por un momento, casi lo consigue.

Menos mal que la ciudad puso de su parte y la sedujo y se quedó en la orilla viendo la normalidad alejarse, mar adentro, a la deriva.

Se quedó y decidió volverse loca y dejar la cordura para aquellos que no observan nunca la Luna cuando está llena ahí arriba.

Casi se pierde ésta aventura que la ciudad más pirata de Marruecos le regala. Casi traga saliva y vuelve a su casa, en la montaña .

Pero ella sabe que es especial , que nada encontrará que ilumine más su rostro y su mirada, como cuando madruga y se va con Nak a la playa o cuando se pierde a propósito en las callejuelas  y habla en todos  los idiomas  y aveces se le escapa la risa y hasta parece simpática la tía . Porque hay algo en ella que, de saberlo, la haría llorar sólo de pensar durante cuanto tiempo fué un secreto .

Hay bombillas que uno nunca debe apagar.

Guadalupe puede sentir la electricidad y busca la manera de no quedarse a oscuras.

Cuando descubra que todo nace y muere, que todo se mueve, que nada espera…. entonces dejará de ser persona y será un duende y la magia surgirá y la casualidad se encargará del resto.

Un morderse la lengua.

Ella nunca vio la nieve en toda su vida. Espero que éste año el clima sea generoso y le regale unos copos que desde el cielo, lleguen a caerle en el pelo y mojen sus rizos al deshacerse.

Hace días que no es conmigo lo que antes era; un suspiro de alivio una tarde de primavera, un morderse la lengua, una mano buscando lo que perdió entre las cuerdas de su guitarra, una carcajada rompiendo el silencio de esta casa , de madrugada, un beso en la frente…

Echo de menos ser para ella como la primera estrella que osa brillar, escandalosa, tras la tormenta.

De todas las notas de una canción que suena como salida de una gramola en una estación de tren cuando el último pasó hace horas, es la última nota la que se enreda en tu ropa, te acompaña calle abajo, trepa por tu espalda y, mientras tarareas el estribillo, salta cual invisible grillo hasta llegar a tu oído y allí se instala, para siempre.

Cantarás la misma canción hasta que se te caigan los dientes.

A veces quiero ser esa última nota para viajar con ella por toda Europa.

A veces prefiero terminar antes de empezar y así ahorrarme las despedidas.

Aveces olvido que los demás tienen sus propias vidas pero ayer me colgué un cartel en la espalda en el que está escrito en varios idiomas “prohibido hacerse querer”.

Prohibido hacerme creer que, tal vez, en algún lugar de cuyo nombre no conseguiré acordarme haya un rincón en el que el amor no sea sólo un plato de sopa fría a repartir entre los comensales.

Eso de dejarse llevar puede desencadenar el más predecible de los finales, secando mares que se reencarnan después en lágrimas que el viento seca en una azotea al sol de Marruecos.

La última nota de una canción como salida de una gramola en una estación de tren, cuando el último pasó hace horas, se enreda en mi ropa, me acompaña calle abajo, trepa por mi espalda y, mientras tarareo el estribillo, salta cual invisible grillo, se mete en mi oído y aquí se instala, para siempre.

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